Domingo, 18 de febrero de 2007
Así que, de momento, el enlace a este mismo blog en otro alojamiento.
http://elincreiblemike.wordpress.com/
Sí, me he mudado.
Por: Mikel Ruiz | La vida | Comentarios (0) | Referencias (0)
Martes, 13 de febrero de 2007

Aterricé el Jueves en Heathrow, solito al no poder desplazarse Mireia conmigo (aunque la próxima vez debe venir sí o sí, es una necesidad) tras haber desestimado la opción Easyjet al no ser excesiva la diferencia de precio con Iberia y permitirme una comunicación más sencilla entre el aeropuerto y la casa de mis amigos, en Chaucer Road (Brixton), lo que no impidió que no disfrutara demasiado del vuelo al ser un poco movidito.Repartieron prensa pero no comida. Comprar un exiguo bocadillo (de pan de bollo) y una mini-coca-cola costaba seis euros, supongo que como medida de aclimatación al rango de precios del lugar de aterrizaje. Iberia, siempre pensando en los clientes. Tras aterrizar y dejar la maleta en el hogar de mis anfitriones tras arrastrarla por unas aceras con una ligera capa de nieve, vuelvo al metro, que en Londres es casi tan caro como el avión, y me persono en la puerta del banco donde trabaja mi amigo. Con acompañamiento de alguno de sus compañeros españoles, nos aposentamos en un pub. justo en frente de su oficina, cuyos baños están ocultas tras una pared que simula ser una librería. Nos dedicamos a charlar sobre vaguedades, primero, los extraños que se sientan a tu lado en los vuelos, después, o la vida en el extranjero, que aseguran todos es algo que todo el mundo debería probar. Una pinta tras otra, la cartera va menguando y la lengua va soltándose. Alguien me recomienda cierto cómico inglés (si creía que iba a poder recordarlo más tarde, tanto él como servidor éramos unos ilusos) y yo me olvido de “La hora chanante”. A partir de la séptima pinta los recuerdos se tornan difusos, por decir algo, pero sé que decidimos, mi amigo y yo, retirarnos camino de Brixton a eso de las once de la noche cuando nos echan del bar. No tengo claro cómo llegamos hasta nuestro destino, yo simplemente me dejo guiar, pero al salir del metro decido (o decidimos) que ya es hora de comer algo después de tantas cervezas en ayunas, y nos metemos en el KFC de la plaza a ver qué nos cuentan. No puedo (o podemos) resistimos a comprar un cubo de doce (o catorce, quién puede recordarlo) piezas de pollo frito, con ésa fritura que espesa la sangre en las arterias y tiene el grosor de la puerta de una caja fuerte. Con patatas fritas. Vamos caminando hasta su caso, supongo que haciendo eses, mientras devoramos los trozos de rebozo con pollo y vamos tiramos las sobras al jardín de los diferentes vecinos. Al llegar a casa, me derrumbo sobre la alfombra, pero debo levantarme para que hinchemos la colchoneta (tras unos primeros intentos infructuosos en los que los tapones de desinflado han estado abiertos), y pude re-derrumbarme sobre ella.
Al día siguiente charlamos sobre los pollos, la cantidad de ellos que deben ser sacrificados al día en el mundo y la historia de un amigo ingeniero que trabaja para una firma que diseña maquinaria para proceso de alimentos y que me comentó que existen líneas que despachan 200.000 pollos al día. Haciendo un cálculo rápido llego a la conclusión de que ahora mismo debe haber más pollos en el cielo de los pollos que personas en el cielo de las personas (y en el infierno) y que en España se deben consumir un millón de pollos a la semana. Hoy he intentado mirar en Internet, pero por regla general sólo obtengo un valor en toneladas por año. Finalmente, en avicultura.com (y me niego, aún en mis trece, a enlazar la información, aunque en otra próxima entrada deberé retomar el tema de los links), metido en una vorágine de términos eufemísticos como semanas de producción, incubabilidad o broilers (aunque tampoco es para tanto, pero queda mejor por escrito), encuentro que el número de pollitos sacrificados en el 2001 fue de 545 millones y medio, lo que divido entre 52 semanas y cuarenta millones de habitantes sale a solamente un cuarto de pollo a la semana. Desconcertante.
En realidad no, es un chorrada, pero sirvió para pasar la mañana de camino al Tate Modern, donde en lugar de ver las galerías nos tiramos por los toboganes de la última instalación temporal de la sala de turbinas del museo. Éso es arte.
Por: Mikel Ruiz | La vida | Comentarios (4) | Referencias (0)
Martes, 13 de febrero de 2007
Ya que lo he reescrito, y lo cierto es que ha sido un texto que me ha dado muchos quebraderos de cabeza, pese a que es un cuento que no me convence demasiado, necesito colgarlo para, al menos, tenerlo recopilado junto al resto en este blog. Si alguno se siente con ganas de echarle un vistazo, yo encantado, pero comprendo que puede resultar un rollo volver a leer una misma trama dos veces. En cualquier caso, una entrada normal debe taparlo rápidamente.
Eva hablaba y yo la escuchaba embelesado, intentando aparentar que no me importaba nada de lo que me contase. Solía saludar efusivamente cuando entraba, con esa voz maravillosa que conseguía absorberme; una voz cálida que envolvía palabras que nunca sabía si eran ciertas. Aquel año tenía otros dos alumnos en primer curso y los tres venían a mi casa los Lunes por la tarde. No sabía si hacía lo mismo con el resto del mundo, si los embargaba con sus melodías y con sus historias de romances con trapecistas. Ni Orson ni Ander me contaban nada sobre ella, aunque no era sorprendente, ya que ninguno de los dos me dirigía prácticamente la palabra en clase. Quizás, cuando salía de esta casa, Eva se convertía en una persona normal, iba al supermercado a comprar ajos como todo el mundo, o tenía un álbum de fotos con instantáneas suyas de cuando llevaba el pelo cardado a los quince, pero aquí dentro, era la reina.
Las clases de piano duraban una hora y se impartían en el salón de aquella casa de dos pisos cuyo suelo emitía lamentos por las noches, como todos los suelos de madera de todas las casas ancianas. El piano estaba en una de las esquinas, cerca de un ventanal que me permitía sentir el calor de los rayos del sol si el día estaba despejado. En cuanto salía un alumno de aquel salón al terminar la clase, entraba el siguiente, que esperaba en el recibidor. El primero de ellos era Ander, que invadía la estancia con sus pisadas que estremecían el suelo de madera. Todo crujía en el viejo caserón a su paso, y mientras se acercaba al piano reconocía cada una de mis alfombras por los diferentes sonidos que hacían sus pies al tocar el suelo. Tenía unas manos horribles de escayolista, duras y ásperas como longanizas de piedra; era un alumno terrible, pero pagaba religiosamente; no hablaba apenas y parecía buena persona.; sólo resultaba un poco molesto cuando yo le hacía reír, ya que tenía la costumbre de asestarme una palmada en la espalda que me dejaba dolorido el resto del día. Si hubiera podido mirarme, estoy seguro de que hubiese visto una gigantesca marca roja con forma de manopla, con la silueta de unas manos que Eva me decía eran capaces de partir bloques de hielo.
Tras la clase de Ander, era el turno de Orson. Eva me contaba que era delicado y atento, rubio, estilizado, y un gran amante. Yo nunca llegué a intuir nada de aquello en él, porque Orson llegaba, saludaba, tocaba, afirmaba o negaba mis comentarios, aprendía y se marchaba. Al darme la mano después de finalizar cada clase, siempre tenía las palmas sudadas. Quizá fuera porque su horario de clase estaba cerca del anochecer, pero casi siempre sentía frío en su presencia.
Después finalizar la práctica de Orson, comenzaba la clase de Eva, aunque ella siempre llegaba diez minutos tarde, como mínimo. Mientras esperaba, cogía el bastón y salía al porche de la casa para sentarme en las escaleras y sentir el viento en mi cara, después de haber pasado encerrado en aquel lugar todo el día, y realmente la mayor parte de mi vida, y tener un momento para sentir la vibración del mundo. Eva me decía, cuando se marchaba y yo la acompañaba hasta la puerta, que las vistas desde la entrada de casa eran fabulosas, que una de las cosas que más le gustaban de ir hasta allí era poder ver el valle, más que aprender a tocar el piano. Bien es cierto que otros días decía justo lo contrario, incluso podía llegar a afirmar que la verdadera razón para acudir a las clases era poder estar junto a mí. La verdad es que cualquier frase sonaba maravillosamente si iba vestida con su voz.
Cuando todo se quedaba en silencio, cogía el bastón y subía al piso de arriba para escuchar la radio, intentando huir de todo aquel martillear de piano que resonaba durante el día en el salón, botando contra las paredes y las moquetas; contra los cuadros que Eva me decía que eran tremendamente recargados y un poco siniestros; contra las cortinas, todo aquel mobiliario que mi hermano había elegido por mí para dar un toque un tanto barroco a la estancia y lograr más empaque ante mis alumnos. Contra esos muebles que a mí me eran indiferentes y de los que solo me preocupaba que no tuvieran aristas vivas.
Eva adoraba mentir, y se jactaba de ello en mi presencia. Supongo que hacía lo mismo delante de Orson cuando tomaban café juntos, en el bar que hay bajando las escaleras de mi casa, mientras Ander aporreaba las teclas ante mis resignados oídos; y seguía mintiendo delante de Ander en ese mismo bar, mientras Orson congelaba mi espinazo. Según ella, Ander le hacía reír, y era lo único que le importaba, más allá de que lo considerara unidimensional y no supusiera un reto para sus mentiras. No sé cómo se puede amar a una persona así, pero lo cierto es que ellos dos bebían los vientos por Eva, y aunque es probable que intuyeran que les engañaba, no se daban cuenta hasta qué punto. Un buen día, incluso, hasta quiso sentarse en mis rodillas, pero no se daba cuenta de que no le hacía falta acercarse a nadie para derretirlo: su voz era un arma sutil y de media distancia.
Eva vivía sola, y por el tono de su voz diría que es casi lo único cierto de entre todas las historias que me contó durante aquella época. Ocupaba el tiempo relatando sus cuentos inventados a todos los hombres que se cruzaban en su camino, incluyéndome a mí. Si debo creerla, había más aparte de Orson y Ander, pero a veces era tal la cantidad y tan estrambóticos los nombres y las ocupaciones que resultaba inverosímil. Yo se lo decía y ella tomaba nota, porque me utilizaba como conejillo de indias para evaluar sus entramados de invenciones. El dominio que logró con su voz era asombroso, y el tono era el mismo cuando me leía la previsión del tiempo para el día siguiente que cuando aseguraba haber estado bailando hasta altas horas de la madrugada con un presunto vampiro. Para cuando llegamos mitad de curso, Eva ya solía aparecer por casa fuera de los horarios de su clase, siempre para contarme sus cuentos, o leerme periódicos y revistas cuyas noticias e historietas iba incluyendo en sus entramados.
Los días siguieron transcurriendo lentamente aquel año, flotando alrededor de los Lunes. Impartir clases el resto de la semana se convirtió en una obligación mecánica que había que cumplir, por no hablar de los fines de semana, si en algún momento no recibía su visita y escuchaba, por ejemplo, la triste historia de la madre de Orson, que había servido como cobaya del gobierno en unas pruebas nucleares sin haber sido consultada y que ahora tenía seis dedos en los pies y dos muñones en la espalda que Eva aseguraba que se convertirían en alas; o el cuento de Ander, al que un buen día paseando por el bosque unos encapuchados habían querido raptar para, supuestamente, sacar una buena cantidad de dinero mediante secuestro express, dado que su familia se había hecho rica revendiendo atolones del pacífico, y él los había rechazado exclusivamente a patadas. Todo seguía su curso hasta que llegó el verano.
Era ya el final de Junio cuando, una semana antes de finalizar las clases, decidí hacer un alto para que Eva me cantase una de mis letras favoritas, mientras yo la acompañaba al piano. Ella estaba cantando, y yo, siempre que escuchaba aquella canción pensaba en el mensaje de adoración tan sencillo que transportaba:
And I don't believe in the existence of angels
But looking at you I wonder if that's true
But if I did I would summon them together
And ask them to watch over you
To each burn a candle for you
To make bright and clear your path
And to walk, like Christ, in grace and love
And guide you into my arms
En medio de aquella estrofa escuché la puerta que se abría y unos pasos sigilosos entrar en el salón. Orson dio las buenas tardes de manera lacónica, como hacía habitualmente, pero no paré de tocar, ya que me resulta tremendamente fastidioso dejar canciones a la mitad, ni Eva de cantar al ver que yo continuaba. La cuestión es que quizás fuera porque estaba acostumbrado a escucharla bajo una dolorosa voz de hombre, o porque la interrupción me llevó a un estado mental diferente, pero durante el resto de la ejecución pasó por mi mente la certeza de que la letra no tenía ningún sentido excepto por la música que la acompañaba, que aquellas palabras eran una invención, que el que la compuso pensaba exactamente lo contrario.
Yo seguía absorto en mis pensamientos cuando escuché el terremoto andante de Ander, sin previo aviso y sin haber terminado de tocar. Eva dejó de cantar, y escuché un sonido de una respiración a la que repentinamente le falta el aire. Esta vez, la transición de pasos maderas crujiendo-alfombra- maderas crujiendo-alfombra fue mucho más rápida de lo habitual. Oí a Orson gritar implorando clemencia y justo después un golpe, el inconfundible sonido de carne y huesos contra carne y huesos rotos. Después, un nuevo retumbar de pisadas aceleradas que se perdieron por la puerta de entrada.
Eva se quedó conmigo hasta que vino la policía, acariciándome la cabeza con sus manos delicadas, sin decir palabra. Nunca quise saber qué estaba haciendo Orson exactamente al tiempo que Eva cantaba cuando los sorprendió. Prefiero no saber qué vio Ander para matarlo de un cabezazo en el salón de mi casa. Después de las preguntas y las respuestas, algún interrogatorio de por medio, unos cuantos días de confusión, la tranquilidad de lo cotidiano regresó, pero Eva no. Al menos, me hubiese gustado saber que sarta de mentiras le contó al juez, pero a mí no me citaron, supongo que por la imposibilidad de que aportase un punto de vista lo suficientemente preciso a todo el asunto. Además, Ander se había declarado culpable.
A veces la echo de menos; la manera en la que me leía las noticias del periódico antes de comenzar a tocar; su manera desastrosa de seguir el ritmo, sus suspiros; el olor de su piel cuando en la calle estaba lloviendo. Tener que leer de nuevo en braille, utilizar el tacto para algo tan frío como los relieves de una hoja, sin una voz que me acaricie, no me gusta. Prefiero escuchar. Pero hace unos días he descubierto que puedo tenerla otra vez en casa. Parece que ha conseguido un trabajo en la radio local, y estoy seguro de que llegará muy lejos. Oírla de nuevo hace que recuerde los amaneceres púrpura.
Por: Mikel Ruiz | Relatos | Comentarios (1) | Referencias (0)
Viernes, 02 de febrero de 2007
Últimamente me ha dado por mirar un número bastante importante de blogs de los que yo llamo profesionales. Dejando a un lado la cantidad de tiempo que he perdido en el trabajo y lo más o menos interesantes, educativas o humorísticas que sean sus entradas, lo cierto es que uno se da cuenta de que la mitad de las actualizaciones vienen a ser extractos de artículos de otros blogs (que son enlazados) con un pequeño comentario. De esta manera, si la lista de blogs a los que uno está suscrito es lo suficientemente amplia, se suele dar curioso hecho de leer un texto en una bitácora por la mañana y encontrar referencias al mismo en otras bitácoras por la tarde. Dada la fascinación que va despertando ese ente que se denomina blogosfera, imagino que el fenómeno habrá sido estudiado con detenimiento por profesionales de la información, filósofos y otros entes para los que madrugar es de un acto de mal gusto, pero yo no puedo evitar mencionarlo. Si a esto añadimos ya los blogs de tipo personal como éste, pequeños apartamentos mugrientos y sin apenas movimiento, la cantidad de enlaces que se entrelazan acaban resultando hasta desagradable. Casi como lo powerpoints sobre el marido ideal que te pueden asaltar sin previo aviso desde todos los frentes de tu buzón de correo. Así que la información real que hay en esta enmarañada red, al final, no es tan vasta. Alguna paradoja hay que subyace en todo esto, pero no consigo formularla. Con lo que me gustan las paradojas y lo rápido que las olvido todas.
Pero en cualquier caso, lo que está de moda es enlazar. Personalmente me niego a utilizar links por varias cuestiones, la menor de las cuales no es mi reconocida fama de vago. Sin embargo las que priman son que, por un lado, no me gusta terminar con mil ventanas (o pestañas) abiertas, lo que en algunos casos puede ocurrir para poder llegar a la fuente de información original; por otro, casi toda esa información puede ser aportada por Google o Wikipedia, aunque sea falsa; y por último, y más importante, lo hace todo el mundo. Este argumento tan terriblemente egocéntrico es el principal, y aunque me gustaría ser el único blog sin enlaces al menos quiero presumir de formar parte de ese exiguo grupo de bitácoras limpias de letras subrayadas. Al final, ya están los demás para ello. Aquí solo hay reflexiones de filosofía de baratillo con ciertas ínfulas, relatos baratos y diarios de viaje de trabajo, y solamente para un grupo muy restringido de gente. De todos modos, sí le doy un punto positivo al link, y es la comodidad que puede aportar, pero nada más.
Y aunque le he dado muchas vueltas toda la vida, la necesidad de no repetir lo que hayan hecho otros sigue ahí. Sabemos a ciencia cierta que cualquier pensamiento, cualquier grupo de letras que juntemos, cualquier movimiento que hagamos, ya h a sido realizado con anterioridad, y que la posibilidad de que alguien pueda innovar en cualquier campo disminuyen cada día que pasa. Es desesperante descubrir en al cabeza de uno alguna reflexión que cree original y averiguar que ya ha sido formulada en infinidad de veces. Es aún peor cuando piensas que ni siquiera es necesario que nada nos haya influido para llegar a esa conclusión, sino que por una mera cuestión de probabilidades casi no queda nada que el cerebro del ser humano pueda aportar de nuevo, a no ser que se olvide lo anterior. Afortunadamente, esto ocurre de forma parcial en al cultura. Hay que aprovecharse de ello, localizar un autor minoritario de una época remota que creara algo único y quemar todos sus escritos, y de paso a todos los que lo hayan leído. Aunque parezca mentira, yo me he resignado a no hacer nada medianamente nuevo, basta con que sea algo digno y que no esté muy visto. Bien es cierto que puede resultar un lastre en ocasiones, y terminar evitando cualquier tópico como la peste, dejando los relatos faltos de alma, pero es un camino. Cómo realizar la descripción de una persona sin utilizar las palabras siempre, todo, nunca y sólo, sin que quede un frío aborto de ejercicio de estilo. Y así, vuestra opinión será bienvenida.
P.S: Si no hay fotos es porque estoy en casa y todas están en el ordenador del trabajo, no por intentar ser original, que no tendría mucho sentido. Si hay faltas de ortografía, pensad que es premeditado.
Por: Mikel Ruiz | La vida | Comentarios (7) | Referencias (0)
Lunes, 22 de enero de 2007
Todo el mundo tenía uno. Algunas personas decían que hace siglos había que concebirlos, signifique lo que signifique semejante palabra. Odio a las personas que utilizan unas tan largas y rebuscadas. Yo me apaño con mis mil palabras. Básicamente con cuánto cuesta, dame dos de todo, tengo hambre y dónde está el baño me manejo estupendamente. O sea que serían trece palabras. Para qué más. Aunque ahora no paro de oír y utilizar una decimocuarta: Niño.
Todo el mundo parecía querer uno. Eran lo más de lo más, por lo que me contaban mis amigos. Yo nunca les vi nada especial, pero cuando mi compañero de piso Fred adquirió uno nuevecito no pude resistirme. Me acerqué a la oficina de niños (y niñas) a domicilio y encargué uno. ¿Cuánto cuesta? Un ojo de la cara. Me dijeron que llegaría el encargo en nueve meses. Una barbaridad. No sé qué demonios necesitan para tardar tanto en fabricarlo. Debido al disgusto tuve que comprarme, de vuelta a casa, un par de zapatos nuevos.
Todo el mundo tenía ya uno. Conforme avanzaban los días me iba poniendo más nervioso. Veía a Fred jugar con el suyo y notaba como si me doliera el estómago. Le consulté a un amigo y me dijo que podía ser envidia. No conocía la palabra. Pero el caso es que hasta me mareaba del disgusto; necesitaba el mío. Volvía a mirar una y otra vez el resguardo de treinta páginas de la solicitud con todos los datos:
Raza: Asiática
Color de ojos: Negro
Llantos por hora: 3
Muy buenas prestaciones, me aseguraron.
Un buen día , cuando ya se había cumplido el plazo y me disponía a reclamar, apareció un mensajero en la puerta de casa con el paquete. Firmé el recibo y corrí hasta mi habitación con aquella caja con una cigüeña dibujada. Abrí el paquete ansioso. El disgusto fue mayúsculo. Tuve que devolverlo porque era defectuoso. Sus orejas medían más de una pulgada. Me van a oír los de la oficina del consumidor.
Por: Mikel Ruiz | Relatos | Comentarios (9) | Referencias (0)
La vida y milagros de un ingeniero Despistado. Un Despistado ingeniero.
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